Estoy aquí. No sé
qué demonio me
mostró la joya del
sufrimiento humano en la
hojilla del alba. Me
niego a declarar en
contra de lo invisible con
las mismas penurias
diarias que
cambiaría por
una pestaña. Te ves
hermosa cuando
lloras a
solas. Me
escuchas aullarle al
centro de la tierra. Decidí doblar
mi sombra y
guardarla en el
baúl. Dejé
el corazón latiendo en la
despensa. Ya no
me duelen las
palabras que
masticaba como
polvo de
vidrio. Ahora
sonríes frente
a una tumba. No
estoy aquí.
Sácame del agua en el
que duermo. De la
desordenada colección
de recuerdos sobre
el futuro. O el
tornasolado telón donde
aguardan los
sueños, para
protagonizar su
efímero teatrino. Sácame
del horror representado en la
más variada gama
de colores. De los
agujeros temerarios que
una copa raída dejó
en la memoria a
fuerza de gotear seducción abaratada
y fría. Sácame
del agua en que
respiro plácidamente, y que
la primera bocanada
de aire me
despierte con la
certeza de que
a veces es
mejor estar
equivocado.
No
sé si está amaneciendo. He pasado horas escondido en este baño sin ventanas,
alumbrado por esas luces blancas de hospital, o de manicomio, pensando si lo
que vi se trata de una alucinación. Por ello decidí que tenía que escribirte y
explicarnos todo.
Hace
aproximadamente un mes, me sumergí en el horrendo trajín de la mudanza. No
quedaba nada para mí en aquél espacioso e incomunicado anexo de La Alta
Florida. Había encontrado una habitación mucho más barata en La Canderaria, con
un hermoso balcón que daba a la plaza. Tuve que sacar mis cosas y meterlas en
cajas. Sabes que nunca acumulé demasiados corotos:
en lo que leía un libro lo regalaba, y generalmente usaba las mismas siete
camisas, los mismos tres pantalones, los mismos dos pares de zapatos. A veces
reías diciendo que no podías confiar en alguien que parecía estar listo para huir
en cualquier momento. Pero como si fuese víctima del mundo material, encontré
suficiente ñoña como para
autodiagnosdicarme con el Síndrome de Diógenes.
Fue
al final de un cajón lleno de medias sin pares donde la encontré. Se trataba de
esa cursi cajita musical que me habías regalado, en la cual sonaba la vie en rose, que yo pronunciaba como la vi arroz. Ahí me quedé dándole
vueltas, primero muy rápido e imaginado a Edith Piaf cantar con voz de pitufo, y luego muy lentamente con voz
de troll. Para serte sincero pensé en
tirarla, pero me dije que era un adulto, un tipo maduro. Que a mí me gustaba
esa cajita musical no por ti, sino en sí misma. Me mentí.
De
aquella manera terminé llevándola siempre en el bolsillo. Como había dejado de
fumar y soy muy ansioso, a veces me parecía que su melodía y el hecho de darle
cuerda, surtían de ansiolítico, lo cual resultó apropiado. Demasiados amigos ya
me habían hablado de los efectos nocivos de comer demasiados caramelos de
menta. No ahondaré en ello.
Poco
a poco, tu presencia se fue adentrando como un fantasma en lo cotidiano. A
veces caminaba por la calle y me parecía verte de espaldas. Con el cabello muy
largo, como cuando te conocí. Aunque ahora lo tienes corto, y a sabiendas de
que no eras tú, seguía un rato a esa no-tú
entre la multitud. Puedes estar tranquila, nunca me rociaron con gas pimienta,
ni me golpeó algún novio adicto al gimnasio. Tampoco la seguía hasta su casa,
sólo el tiempo que tardaba en ver su rostro. Tenía que estar seguro.
Me
pareció que estaba volviendo a caer en el mismo espiral enguayabado. Decidí que tenía que empezar a salir con alguna chica,
y así lo hice. A ella le parecía cómico mi excéntrico apego hacia aquél objeto,
y sentía con agrado cómo la habitación se impregnaba de una pegajosa y
romántica melancolía, cada vez que le daba cuerda al endemoniado artefacto.
Incluso soportaba las mismas siete camisas, los mismos tres pantalones, los
mismos dos pares de zapatos cada vez más ajados, que yo justificaba diciendo que
los superhéroes no se cambian de ropa. Era una buena mujer de cabello dulce
como el arequipe, de piel trigueña
como el llano. Pero el tonto que escribe la dejó ir de la manera más patética.
Sabrás
lo que ha pasado en las calles, los muertos, las manifestaciones. Ni ella, ni
yo salimos. Me criticarás, pero teníamos problemas morales al respecto. Sí, ya
sé, seguro igual me estás criticando. El hecho es que nos atrincheramos y
escuchamos la radio, los estallidos, y olimos el humo. A veces cuando estaba
sobre ella pensaba en ti. A veces cuando ella cocinaba pensaba que eras tú. A
veces la llamaba por tu nombre, luego le pedía disculpas, y ella miraba al
suelo buscando algo que se le había caído. Hasta que una tarde, nuevamente en
la cama, repetí suavemente tu nombre mientras me corría. En este punto puede
que te estés riendo, o pienses que soy un enfermo. Lo dije, y ella se marchó
sin decir nada, sin buscar nada en el suelo.
Enloquecí
porque era mi culpa y no había vuelta atrás. Atardeciendo salí al balcón, y
tiré la caja sin cuidado alguno, con rabia. Ya estaba casi oscuro, y todas las
luces se empezaron a encender con el mismo ritmo con el que cae la lluvia sobre
las aceras. Se escuchaban disparos disgregados, pisadas apuradas en plena fuga,
y luego esa extraña percusión del metal contra el metal, de la cuchara
tintineando en la cacerola. Los gritos rabiosos y álgidos completaron la
disonante armonía. Miré a la calle con estos mismos ojos encendidos en candela,
y vi al mecanismo de la ciudad andando, de cuya danza nunca encontraría
escapatoria. No importa cuán preparado esté para la huída, cuán ligero sea el
equipaje, ni cuántas mudanzas haga. No se puede escapar del amor.
Era viernes. La luna redonda y
amarilla se asomaba detrás del smog.
Pensé que parecía la poceta de una tasca
y crucé la Miranda a la altura de Centro Plaza. Estaba satisfecho de haber derrotado cualquier
guiño de melancolía, con un chiste muy gamberro del que sólo yo me estaba
riendo. Había llovido todo el día y la noche estaba fresca. El asfalto parecía
un espejo negro y quebradizo. En el Boston
tocaban jazz.
Marian me había escrito un
mensaje diciendo que iba saliendo. No le creí. A ella no se le puede creer
cuando va saliendo. Mucho menos cuando va entrando. Por eso preferí el jazz
¿Cómo va a mentir una trompeta, si lo único que sabe hacer es reír y llorar?
Me senté solo en la mesa más
cercana a la terraza y encendí un cigarrillo. Tomé mi libreta de notas, e
invariablemente empecé a escribir poemas que comenzaban con frases
desventuradas como: “Era viernes”, “espejo negro y quebradizo”, y “No se le
puede creer a Marian”. Así bebí birra tras birra. Cuando la banda dejó de tocar
yo seguía el ritmo que habían dejado en el aire. Era eléctrico.
A las tres de la mañana me
hicieron pagar la cuenta. Había sido el tipo silencioso de la esquina del bar
durante otra noche; el cual, debo admitir, es un papel que requiere
concentración, charm y misticismo.
Aunque otra parte de mí decía que se trataba una excusa con la que reinventaba
ese ser patético que internamente creyó que Marian iba a llegar. Coño.
Por lo menos las aceras ya no
estaban empapadas y podía tambalearme sin miedo terminar de espaldas en la cuneta.
Ha pasado. Me recosté de una pared buscando la estabilidad de un mundo que Miles Davis había puesto a girar, y Chet Baker detuvo con un muy dulce
golpe, luego de lanzarse por la ventana. Me sentía como un punto entre
paréntesis.
Estuve de pié hasta que lo
escuché. Era una lenta respiración que iba increccendo.
Lo primero que llegué a entender fueron balbuceos. Posteriormente me llegó
alguna palabra. ¿Por fin me estaba volviendo loco? ¿el muro me estaba hablando?
Los gemidos siempre acaban con la
magia, y te hacen sentir como un pendejo. Pendejo y mirón, porque quise
asomarme y gritar algo. Un poco de adrenalina para la experiencia nunca va mal.
Di la vuelta por una calle repleta de carros acelerados y paranoicos. Me asomé
y distinguí.
La voz de la Madre
Fuensanta era una fricción áspera y asfixiada, como si su garganta moliera
vidrios y arena en cada palabra. Había comenzado la torpe jornada de una mujer
que a sus noventa años, no recordaba el significado de la impuntualidad. Sólo
el sosiego la espantaba con su sospechosa placidez. Aunque le hubiesen repetido
mil veces que tenía merecido ese asiento de caoba, ese aire acondicionado y ese
bonito escritorio, era imposible para ella recibir sin una sonrisa incómoda,
luego de una vida de total entrega.
No eran las nueve de la
mañana, cuando la Hermana Pura entró con paso decidió y ceño fruncido al despacho
de la Madre Superiora.
- Madre, buenos días.
Debe disculpar esta temprana intromisión. He venido a pedirle su bendición y
consejo- Dijo la Hermana Pura pausadamente.
-Dios te bendiga, hija
mía ¿Qué problema te ha turbado a tan tempranas horas?- La Madre Fuensanta
exhaló la bendición repetida. Sintió su garganta endurecerse ante aquél familiar,
modelado y entonado: “Dios te bendiga”.
¿Qué hacía ella escuchando las cuitas de la Hermana Pura? ¿Qué acaso una mujer
no puede resolver sus propios problemas?
- Madre, ha llegado a
mis oídos una dolorosa verdad.- Reveló la Hermana Pura, con un aire profusamente
dramatical.
- La verdad sólo duele
cuando estamos contaminados de mentira, así como el alcohol a la herida
infectada- Dijo la Madre Superiora con sorprendente soltura.
- Se trata de Inmaculada,
he sido informada de que no es casta desde antes de adquirir los votos. Todo el
convento ha caído en desgracia, Madre. No sólo por el hecho de que nos han
mentido, sino por haberle dado el nombre de Inmaculada a una meretriz ¿Puede
creerlo? Inmaculada no es inmaculada.- Contestó la Hermana Pura con rabia.
-¿Y la Hermana
Inmaculada ha cumplido con todos los votos desde que se ordenó en este
convento?- Preguntó la Madre Fuensanta, curiosa.
-Sí, Madre. Pero, ¿Cómo
Inmaculada no va a ser inmaculada?- Insistió la Hermana Pura.
- ¿Y cómo la quieres
llamar? ¿Inmaculeada?- Concluyó la
Madre Fuensanta al momento que recordaba la única vez que llegó tarde. Cuando
la placidez aun no era sospechosa.
Quería agredir las formas. Sembrar pólvora bajo cada uña, bajo cada lengua. No me bastaron las geometrías condenatorias, ni los sentimientos pixelados de esta generación. Estaba cansado de la prédica fluorescente y la productiva verdad del alcohol y los detergentes, de las hermosas mujeres y las sonrisas más blancas. No me bastó perseguir a mi sombra: Huir del amanecer y darle la espalda al ocaso, ni exorcizarme de la misma noche que llevo pegada al reverso de mis párpados, como el alquitrán de tu piel en la penumbra. Como el laberinto de un cuerpo donde extravié mis afectos y sólo encontré dudas. No me digas que son fronteras. No me digas que la marea cinceló tus muros, para proteger con sangre algunas riquezas. Nunca encontraré otro pasado, otra historia, otra versión de mí fuera del movimiento pendular de tus caderas que se mecen entre la gloria y la miseria, Venezuela.
¿A quién se le ocurrió esta ciudad de subida? ¿Quién la coronó con una plaza enjoyada de niños, y bicicletas, de borrachos con almohadas de cuneta? ¿Quién levantó una iglesia confundiendo la fe, con la melancolía?
Cuando llueve, sus calles son un colérico cause coloreado de óxido, como la sangre de un gigante de arcilla.
¿A quién se le ocurrió La Asunción? ¿A quién se le ocurrió Esta ciudad de subida?
Cuando cierro los ojos veo un laberinto, con paredes de piedra y flores que cuelgan de enredaderas. Alguien me dijo que en la salida hay un castillo ¿Pero cómo hago yo si me gusta estar perdido?
Me quemó con un
cigarrillo mientras nos besábamos.
II
En aquél
entonces yo llevaba un mullet tan
exageradamente largo como descuidado y unos lentes marrones de pasta algo
pasados de moda por no ser vintage,
irónicamente. Santiago y yo solíamos dar una vuelta para sacarle dos antes de aterrizar en algún toque meticulosamente escogido. Esa noche tocaba Autopista Sur en Discovery, en El Rosal.
Acababa de terminar de llover y el pavimento reflejaba claramente las farolas
de luz amarilla que coloreaban la oscuridad de verde y morado. Los ángulos
rectos finamente pulidos y las demás figuras geométricas de las que se jactaban
esas grandes torres de aquella zona financiera de Caracas, destilaban el abandono de una oficina vacía, y en sus
formas crecía una ciudad cubista, violácea e impúdica. Para nosotros la
fantasmagoría picassiana.
Lo primero que hicimos al bajar del carro fue
prender una panga y fumarla dando una
caminata errática, cada quien por su lado, frente al bar. Cuando los
cigarrillos se consumieron fuimos a pagar el cover. En ese momento la chica de la entrada puso un sello en mi
muñeca y me sonrío. Por alguna razón su desconsoladora sonrisa me pareció un
buen augurio y di el primer paso en la cálida atmosfera de Discovery. Sendos afiches de Hendrix
y Morrison colgaban de las paredes y
bajo ellos una luz de neón los santificaba tomando la forma de una especie de
aureola invertida.
Conforme
llegaban distintos fulanos y fulanas el calor iba aumentando. La cerveza lo
mitigaba acrecentando mi sed en una espiral que generalmente me dirigía a la
borrachera. Fue entonces cuando la vi apoyada del respaldar de una silla
hablando con una amiga y su novio. Era de esas trigueñas pálidas que uno encuentra en la capital, bastante
delgada, casi sin maquillaje a no ser por el rojo carmín de sus labios. Con
unos jeans de color verde y una blusa mal recortada y doblemente evocadora: por
el rostro impreso de Ilich Ramírez y
porque desde el ángulo adecuado te dejaba echarle un vistazo a su braseare. Me
acerqué y los saludé, seguro de que algún convencionalismo social les obligaría
a presentármela. Le decían Maru.
Inmediatamente
me di cuenta que era de esas postmodernas-pseudointelectuales. Yo empecé a
hablarle de la santísima trinidad, es decir: literatura, cine y música. La cosa
comenzó con poesía pero nos truncamos en Rubén
Darío. A ella le gustaba y yo aseveré que era basura. Seguimos hablando de
cine hasta que dijo que Ingmar Bergman
era muy lento y que Woody Allen era
un pedófilo. Pensé en las semejanzas entre “Gritos
y susurros” y “Septiembre”,
respiré profundo y me fijé en sus caderas levemente enverdecidas, perfectamente
contorneadas. Seguí hacia la música, si estaba en ese toque era porque tenía buenos gustos musicales. No sé cómo nos
pusimos a hablar de los principios del rock and roll venezolano, donde es
preciso mencionar a Los 007, Los Darts y Los Impala. Hizo un silencio,
titubeando, dijo que no sabía nada de esos grupos, y riéndose me preguntó “¿Tú
cuántos años tendrás?” Prácticamente aduciendo a que yo era mayor que ella.
Cuando le dije que tenía 19 años, sonrió y dijo que ella tenía 23. No tardó
mucho en separarse de mí, y yo quedé como un idiota-sábelo-todo.
III
Sin rumbo en el
bar fui a buscar un ancla y así pagué mi séptima cerveza cuando se montó la
banda. Comenzaron con la potencia de “Dulce Luisa” y encendí otro cigarrillo.
“(…) Dulce Luisa que caminas, rompedor de corazones,
flores blancas por el día, terciopelo por la noche
(…)”
Dentro del pub
aquellos que no habían empezado a bailar el “bum ba ba bum, ba bum ba bum” o
por lo menos a contonearse, miraban a la banda como eclipsados por sus palabras
y armonía. Apenas alcancé a ver a Santiago me acerqué. Él se había alejado del bululú, como era su costumbre, a una
distancia prudente de la banda, buscando el equilibro perfecto para escuchar el
espectáculo de la forma más coherente. Ni muy pegado de la derecha, ni muy
cerca de la izquierda y alejado de los gritos. Santiago erguía su dedo índice,
haciendo las veces de baqueta, y tocaba un platillo imaginario en los momentos
cumbres de la melodía. Yo, con una cerveza y un cigarrillo que imaginaba como
un catalejo y un candil, empecé a ver alrededor.
“(…) Y que hago yo si prefiere la Estatua de la
Libertad
a María Lionza partida por la mitad (…)”
Comencé a ver a
la gente cantando con todo el cuerpo. Como arrastrado por un efecto dominó yo
también sentí esa boyante felicidad. Ese animalito que te entra por las venas y
camina hasta las puertas de tu sonrisa con un paso parecido al palpitar.
Entonces la gente te mira con la complicidad y la displicencia de un dealer que se ha vuelto pana. Luego
crees que algo oscuro te escudriña desde aquellas esquinas de Discovery que parecen nunca haber pasado
por la escoba. Algo que ya conoces. Esa paranoia que te obliga a no sacar el cel en ciertos lugares, a quitarte el
reloj, a tomar un taxi de línea o a
no pasar por ahí, ahora te exige disimular el contento como el que esconde una
piedra preciosa de las miradas ajenas, temeroso de que alguien lo despoje de
ella. La paranoia ¿La paranoia? La pálida. Así empezó “El mundo al revés”.
“(…) Mi amor, no pienses que la noche
puede pintarse de un color (…)”
Me vi forzado a
alejarme para salir del hueco. Aunque
quizá no tuviera nada que ver, quizá el tumulto típico de la gente es el que te
obliga finalmente a desistir del mejor sitio para ver y te lleva a la parte de
atrás, donde al final puedes escuchar mejor porque no hay nadie cantando en tu
oído. El público era una marea y yo un naufrago que se dejaba llevar. En medio
de la inmersión reconocí a la postmoderna-pseudointelectual abrazada del novio
de mi amiga. No sé por qué pensé en Ulises y en las Sirenas, pero sí sé por qué
desde ese día no me gustan Los 007, Los Darts y Los Impala.
“(…) No quiero muñecas de Reverón,
no quiero más días tristes,
no, por favor (…)”
No era extraño
sentirme así, siempre he tenido la misma afección por la estética. Hay algo en
ella que me transforma en un idiota, que me hace quemar el cable. No creo sea justo catalogarme de superficial, pero
considero que la belleza es superior a la inteligencia porque no necesita ser
explicada. La belleza es tan innegable como el calor del sol. Pero era de noche
yo estaba muy cerca de la entrada (que a los efectos también fungía de salida)
y tentado a irme. Me estaba ahogando.
Mi noche habría
terminado como cualquier otra de no haber visto a esta otra chica caminando en
mi dirección, alejándose del gentío muy lentamente con un aire distraído y
burlón. Tenía la mirada fija en la nada, no perdida, sino observando algo que
sólo ella podía percibir y apreciar. Recostó su cuerpo como una pluma contra el
concreto, apoyó el pie contra la pared y encendió un bullet, arrastrando la niebla a su boca. Parecía una joya cosida a
una estopa, o una de esas garzas blancas y soberbias que a veces se encuentran
en El Guaire, al lado de los zamuros.
Todo en ella era un acto de rebeldía, y
yo parecía un perro hipnotizado por las luces de un carro. No podía dejar de
mirarla aun a sabiendas de que me arrollaría.
“(…) La temperatura de nuevo subió,
aquí no hay un invierno que engañe al sol (…)”
La banda había
comenzado a tocar “Caracas se quema”
y mi mirada se deslizaba por todo el local como la sombra de un avión buscando
dónde aterrizar de emergencia, pero que finalmente se estrellaba en ella. De
vez en cuando me precipitaba sobre sus negros y ensortijados rizos, que
reflejaban todos los destellos de la aurora. Otras veces me embrujaba la
candela azabache que le brillaba en los ojos y asustado me desviaba a sus
delgados labios. En otro momento di vueltas por sus delicadas curvas estampadas
en parte por un vestido de diminutas cayenas
y por una piel concha nácar. Siempre como un kamikaze del reojo, o como un vulgar buzo.
Cuando se volvió
a llevar el bullet a la boca, palpó
repetidas veces sus bolsillos con cara de decepción. Supe que era mi
oportunidad. Me aproximé sin mediar palabra, le di rosca al yesquero y le acerqué suavemente la
llama.
- A lo Mónica
Belucci- Dije y ella sonrió.
- Sólo faltan
diez tipos más ofreciéndome fuego, pintarme el cabello de rojo, y ser
prostituta, porque ya de resto soy igualita a Malena- Dijo mientras soltaba el
humo al hablar.
- ¿Y qué más
fuego quieres? ¿No has escuchado la letra de esta canción?- Respondí
satisfecho.
- Me llamo
Jimena- Dijo.
“(…) Algunos dicen ver las llamas al bailar
y es que
Caracas sí que se quema de verdad (…)”
IV
De vez en cuando
la luz entra a mi habitación lentamente, y paso a paso va destiñendo la
oscuridad a un ritmo plausible. Otras veces el fulgor entra sin preguntar, sin
previa negociación, de la forma más grosera, como un chorro de tinta china en
un vaso de agua. Cuando desperté y me fije en la claridad que se colaba desde
la cortina, sentí cómo la luz irrumpía a través de mi pupila y anidaba en un
dolor que me crecía detrás de los ojos: el
ratón. Pensé en seguir durmiendo pero siempre me ha desagradado el sabor de
mi propia boca en la mañana, de modo que me dirigí al baño. Las primeras horas
luego de despertar (con resaca) son una
especie de jardín verde de la inocencia. No haces esfuerzo alguno por recordar,
no estás pensando. Pero al momento un detalle se filtra como un espectro que
nos lleva a su cadáver, al hecho, a lo cometido. En este caso fue una pequeña
herida circular en mi muñeca rodeada de bellos chamuscados lo que me hizo mirar
atrás.
Me ardía.
Intenté limpiar la pequeña herida pero me seguía quemando. Salí del baño, me
senté en la cama, y encendí una panga.
Lo curioso es que no podía evitar presionarla porque de alguna manera me llevaba a
pensar en Jimena. La primera imagen que me llegó a la cabeza fue de dos jóvenes
quesúos, cayéndose a latas de la forma más repulsiva y sexual, con arrechera. Cuando estás ebrio no hay
otra forma de besar a una persona que acabas de conocer en un bar. Por más que
intentaba imaginarme una cosa distinta, lucía como un animal apareándose con la
boca. Pero tampoco estaba tan mal, una vez has leído suficiente Nietzsche en tu adolescencia aprendes a
aceptar ciertas instancias de tu humanidad asimilando pasiones de la manera más
evolucionista. De ahí venimos y por eso nos comportamos así.
V
Desde el
estacionamiento detrás del Teatro de la Universidad Católica Andrés Bello, el
Edificio de Módulos parecía parte de una estructura construida por alienígenas
y abandonada en otros tiempos. Para ser preciso durante la época de los
hombres-abeja. Dentro de unos cuantos miles de años cuando los seres humanos
redescubran las ruinas de los módulos, les parecerán tan incomprensibles como
Stonehedge, las pirámides, o Maccu Piccu, y pensarán que son producto de una
civilización extraterrestre. Miles de geeks
peregrinarán a lo que otrora fue Montalbán
para abrazar las paredes, sentir energías, tener orgasmos tántricos, y fundar
religiones new-new-age que hablarán
sobre el regreso del planeta de los hombres-abeja cada
ciclo-solar-espacial-universal deducido de un antiguo calendario que en
realidad era un poster con las fechas de las últimas presentaciones de Ilan Chester. Pero Santiago se había
estacionado ahí luego de que compramos caña
y dimos el giro esperando a que
bajara la cola.
- Marico, la jeva me quemó. Pilla la vaina.- dije, y
le mostré la herida.
- Virga ¿Estás seguro que no fue un tipo?
– Dijo Santiago, mientras abría el envase de sangría.
- Mamahuevo. No
te caigo a mojones. Estaba tan peo
que no me di cuenta. Lo peor es que ni me la donó- Le arrebaté la sangría y
bebí un trago largo.
- Coño, da
gracias que no te la cogiste. Ahora serías un cenicero – Dijo sin apartar la
vista el envase de Don Julián,
esperando el momento para recobrarlo.
- Y estaba muy chévere, pero en el trance ni le pedí su número… – Murmuré dejando la sangría sobre el
capó del carro.
- Yo te vi dando
vueltas, como siempre, pero no me la pillé- Él caminaba lentamente hacia el
capó.
- Es rarísimo,
le he preguntado a todos los conocidos que estuvieron esa noche y nadie me vio
con ella- Encendí una panga y empecé la caminata errática.
- De repente te
agarraste a un tipo- Por fin tenía el pote en la mano pero cuando estaba a
punto de llevárselo a la boca se le resbaló y cayó al piso.
- Mamahuevo-
Dije.
-Coño e’ la madre…- Gruñó Santiago.
VI
La busqué en Discovery, en Sake Bar, en El Patio, en
Greenwich, en Barrabar, y en Hog Heaven. Durante meses pensé haberla
visto en la calle, caminando de noche por Plaza
Altamira con el mismo aire distraído y burlón, o metida en ese vagón de Plaza Venezuela que salió demasiado
pronto. Gradualmente su rostro se fue
diseminando hasta convertirse en un Monet
visto de cerca: una serie de manchas, colores y puntos irreconciliables, pero
al mismo tiempo presentes en la multitud. Lo único que seguía en su lugar era
la quemadura personificando un testigo irascible de pura cicatriz. Una memoria
de piel en constante disputa con la lógica del olvido.