martes, 30 de septiembre de 2014

(No) Estoy aquí.



Estoy aquí.
No sé qué demonio
me mostró la joya 
del sufrimiento humano
en la hojilla del alba.
Me niego a declarar
en contra de lo invisible
con las mismas
penurias diarias
que cambiaría
por una pestaña.
Te ves hermosa
cuando lloras
a solas.
Me escuchas aullarle
al centro de la tierra.
Decidí
doblar mi sombra
y guardarla
en el baúl.
Dejé el corazón
latiendo
en la despensa.
Ya no me duelen
las palabras
que masticaba
como polvo
de vidrio.
Ahora sonríes
frente a una tumba.
No estoy aquí.

Sácame del agua.



Sácame del agua
en el que duermo.
De la desordenada 
colección de recuerdos
sobre el futuro.
O el tornasolado telón
donde aguardan
los sueños,
para protagonizar
su efímero teatrino.
Sácame del horror
representado
en la más variada
gama de colores.
De los agujeros
temerarios
que una copa raída
dejó en la memoria
a fuerza de gotear
seducción
abaratada y fría.
Sácame del agua
en que respiro
plácidamente,
y que la primera
bocanada de aire
me despierte
con la certeza
de que a veces
es mejor
estar equivocado.

jueves, 31 de julio de 2014

Dentro de un año.


Dentro de un año
no estaré besando tu espalda.
Ni odiando el sonido
de esa radio esquizofrénica
que desintoniza mis ideas
con repeticiones anecdóticas.
La muerte del padre.
El aroma de una lágrima.
Mi piel se eriza.
Dentro de un año
Habré gritado
todo el veneno.
Me habré acostado
con tu sombra
y tu reflejo.
Dentro de un año
será como el año pasado.
Como el año siguiente.

lunes, 21 de julio de 2014

Hay partes de Dios.



Hay partes de Dios
que ya no me gustan,
y fantasmas
en tus ojos
que me entristecen.

Ayer vi un nido
y pensé
que era una tumba,
donde el tiempo
documentaba
la intrascendencia.

A veces
beso tu espalda
de memoria,
y no puedo
volver al ahora.
El recuerdo
cobra vida.
Se arremolina.

Estamos hinchados
de tanta pérdida,
y paraíso descalzado.
De tanto curvar labios,
y encoger la frente,
que no me extraña
encontrar
fotos amarillas
debajo
de tus cejas.

Ya no me gustan
esas partes de Dios
que devoran pétalos
hasta dejarnos
la espina.

Ya no me gustan
los ojos
que visten de humo
al oscuro esqueleto.

Sólo podemos
seguir amando
en un callejón

sin salida.

lunes, 2 de junio de 2014

No se puede.




No sé si está amaneciendo. He pasado horas escondido en este baño sin ventanas, alumbrado por esas luces blancas de hospital, o de manicomio, pensando si lo que vi se trata de una alucinación. Por ello decidí que tenía que escribirte y explicarnos todo.

Hace aproximadamente un mes, me sumergí en el horrendo trajín de la mudanza. No quedaba nada para mí en aquél espacioso e incomunicado anexo de La Alta Florida. Había encontrado una habitación mucho más barata en La Canderaria, con un hermoso balcón que daba a la plaza. Tuve que sacar mis cosas y meterlas en cajas. Sabes que nunca acumulé demasiados corotos: en lo que leía un libro lo regalaba, y generalmente usaba las mismas siete camisas, los mismos tres pantalones, los mismos dos pares de zapatos. A veces reías diciendo que no podías confiar en alguien que parecía estar listo para huir en cualquier momento. Pero como si fuese víctima del mundo material, encontré suficiente ñoña como para autodiagnosdicarme con el Síndrome de Diógenes.

Fue al final de un cajón lleno de medias sin pares donde la encontré. Se trataba de esa cursi cajita musical que me habías regalado, en la cual sonaba la vie en rose, que yo pronunciaba como la vi arroz. Ahí me quedé dándole vueltas, primero muy rápido e imaginado a Edith Piaf cantar con voz de pitufo, y luego muy lentamente con voz de troll. Para serte sincero pensé en tirarla, pero me dije que era un adulto, un tipo maduro. Que a mí me gustaba esa cajita musical no por ti, sino en sí misma. Me mentí.

De aquella manera terminé llevándola siempre en el bolsillo. Como había dejado de fumar y soy muy ansioso, a veces me parecía que su melodía y el hecho de darle cuerda, surtían de ansiolítico, lo cual resultó apropiado. Demasiados amigos ya me habían hablado de los efectos nocivos de comer demasiados caramelos de menta. No ahondaré en ello.

Poco a poco, tu presencia se fue adentrando como un fantasma en lo cotidiano. A veces caminaba por la calle y me parecía verte de espaldas. Con el cabello muy largo, como cuando te conocí. Aunque ahora lo tienes corto, y a sabiendas de que no eras tú, seguía un rato a esa no-tú entre la multitud. Puedes estar tranquila, nunca me rociaron con gas pimienta, ni me golpeó algún novio adicto al gimnasio. Tampoco la seguía hasta su casa, sólo el tiempo que tardaba en ver su rostro. Tenía que estar seguro.

Me pareció que estaba volviendo a caer en el mismo espiral enguayabado. Decidí que tenía que empezar a salir con alguna chica, y así lo hice. A ella le parecía cómico mi excéntrico apego hacia aquél objeto, y sentía con agrado cómo la habitación se impregnaba de una pegajosa y romántica melancolía, cada vez que le daba cuerda al endemoniado artefacto. Incluso soportaba las mismas siete camisas, los mismos tres pantalones, los mismos dos pares de zapatos cada vez más ajados, que yo justificaba diciendo que los superhéroes no se cambian de ropa. Era una buena mujer de cabello dulce como el arequipe, de piel trigueña como el llano. Pero el tonto que escribe la dejó ir de la manera más patética.

Sabrás lo que ha pasado en las calles, los muertos, las manifestaciones. Ni ella, ni yo salimos. Me criticarás, pero teníamos problemas morales al respecto. Sí, ya sé, seguro igual me estás criticando. El hecho es que nos atrincheramos y escuchamos la radio, los estallidos, y olimos el humo. A veces cuando estaba sobre ella pensaba en ti. A veces cuando ella cocinaba pensaba que eras tú. A veces la llamaba por tu nombre, luego le pedía disculpas, y ella miraba al suelo buscando algo que se le había caído. Hasta que una tarde, nuevamente en la cama, repetí suavemente tu nombre mientras me corría. En este punto puede que te estés riendo, o pienses que soy un enfermo. Lo dije, y ella se marchó sin decir nada, sin buscar nada en el suelo.


Enloquecí porque era mi culpa y no había vuelta atrás. Atardeciendo salí al balcón, y tiré la caja sin cuidado alguno, con rabia. Ya estaba casi oscuro, y todas las luces se empezaron a encender con el mismo ritmo con el que cae la lluvia sobre las aceras. Se escuchaban disparos disgregados, pisadas apuradas en plena fuga, y luego esa extraña percusión del metal contra el metal, de la cuchara tintineando en la cacerola. Los gritos rabiosos y álgidos completaron la disonante armonía. Miré a la calle con estos mismos ojos encendidos en candela, y vi al mecanismo de la ciudad andando, de cuya danza nunca encontraría escapatoria. No importa cuán preparado esté para la huída, cuán ligero sea el equipaje, ni cuántas mudanzas haga. No se puede escapar del amor.

domingo, 1 de junio de 2014

El muro respira.




Era viernes. La luna redonda y amarilla se asomaba detrás del smog. Pensé que parecía la poceta de una tasca y crucé la Miranda a la altura de Centro Plaza.  Estaba satisfecho de haber derrotado cualquier guiño de melancolía, con un chiste muy gamberro del que sólo yo me estaba riendo. Había llovido todo el día y la noche estaba fresca. El asfalto parecía un espejo negro y quebradizo. En el Boston tocaban jazz.

Marian me había escrito un mensaje diciendo que iba saliendo. No le creí. A ella no se le puede creer cuando va saliendo. Mucho menos cuando va entrando. Por eso preferí el jazz ¿Cómo va a mentir una trompeta, si lo único que sabe hacer es reír y llorar?

Me senté solo en la mesa más cercana a la terraza y encendí un cigarrillo. Tomé mi libreta de notas, e invariablemente empecé a escribir poemas que comenzaban con frases desventuradas como: “Era viernes”, “espejo negro y quebradizo”, y “No se le puede creer a Marian”. Así bebí birra tras birra. Cuando la banda dejó de tocar yo seguía el ritmo que habían dejado en el aire. Era eléctrico.

A las tres de la mañana me hicieron pagar la cuenta. Había sido el tipo silencioso de la esquina del bar durante otra noche; el cual, debo admitir, es un papel que requiere concentración, charm y misticismo. Aunque otra parte de mí decía que se trataba una excusa con la que reinventaba ese ser patético que internamente creyó que Marian iba a llegar. Coño.

Por lo menos las aceras ya no estaban empapadas y podía tambalearme sin miedo terminar de espaldas en la cuneta. Ha pasado. Me recosté de una pared buscando la estabilidad de un mundo que Miles Davis había puesto a girar, y Chet Baker detuvo con un muy dulce golpe, luego de lanzarse por la ventana. Me sentía como un punto entre paréntesis.

Estuve de pié hasta que lo escuché. Era una lenta respiración que iba increccendo. Lo primero que llegué a entender fueron balbuceos. Posteriormente me llegó alguna palabra. ¿Por fin me estaba volviendo loco? ¿el muro me estaba hablando?

Los gemidos siempre acaban con la magia, y te hacen sentir como un pendejo. Pendejo y mirón, porque quise asomarme y gritar algo. Un poco de adrenalina para la experiencia nunca va mal. Di la vuelta por una calle repleta de carros acelerados y paranoicos. Me asomé y distinguí.


No se le puede creer.


Inmaculada.



La voz de la Madre Fuensanta era una fricción áspera y asfixiada, como si su garganta moliera vidrios y arena en cada palabra. Había comenzado la torpe jornada de una mujer que a sus noventa años, no recordaba el significado de la impuntualidad. Sólo el sosiego la espantaba con su sospechosa placidez. Aunque le hubiesen repetido mil veces que tenía merecido ese asiento de caoba, ese aire acondicionado y ese bonito escritorio, era imposible para ella recibir sin una sonrisa incómoda, luego de una vida de total entrega.

No eran las nueve de la mañana, cuando la Hermana Pura entró con paso decidió y ceño fruncido al despacho de la Madre Superiora.

- Madre, buenos días. Debe disculpar esta temprana intromisión. He venido a pedirle su bendición y consejo- Dijo la Hermana Pura pausadamente.

-Dios te bendiga, hija mía ¿Qué problema te ha turbado a tan tempranas horas?- La Madre Fuensanta exhaló la bendición repetida. Sintió su garganta endurecerse ante aquél familiar, modelado y entonado: “Dios te bendiga”. ¿Qué hacía ella escuchando las cuitas de la Hermana Pura? ¿Qué acaso una mujer no puede resolver sus propios problemas?

- Madre, ha llegado a mis oídos una dolorosa verdad.- Reveló la Hermana Pura, con un aire profusamente dramatical.

- La verdad sólo duele cuando estamos contaminados de mentira, así como el alcohol a la herida infectada- Dijo la Madre Superiora con sorprendente soltura.

- Se trata de Inmaculada, he sido informada de que no es casta desde antes de adquirir los votos. Todo el convento ha caído en desgracia, Madre. No sólo por el hecho de que nos han mentido, sino por haberle dado el nombre de Inmaculada a una meretriz ¿Puede creerlo? Inmaculada no es inmaculada.- Contestó la Hermana Pura con rabia.

-¿Y la Hermana Inmaculada ha cumplido con todos los votos desde que se ordenó en este convento?- Preguntó la Madre Fuensanta, curiosa.

-Sí, Madre. Pero, ¿Cómo Inmaculada no va a ser inmaculada?- Insistió la Hermana Pura.

- ¿Y cómo la quieres llamar? ¿Inmaculeada?- Concluyó la Madre Fuensanta al momento que recordaba la única vez que llegó tarde. Cuando la placidez aun no era sospechosa.

lunes, 21 de abril de 2014

Mármol.



Bajo este celeste y sagrado mármol.

Estoy contigo
bajo este mármol celeste
y sagrado.
Pensando apenas
en salir del coma
e irme caminando
con los pies hechos
de espuma y arena.
Con los ojos turbios,
y el alma serena.

La toda tú.
El todo yo,
que conducía
por caminos serpenteantes,
elocuentes,
e interminables,
buscando un eco,
un suspiro,
una cayena
en medio de la noche
disuelta y paranoica,
con paciencia
y metadona.

Lee mis manos y mi boca
Preguntarte desde lejos
si el aquí o el ahora
lo dejamos para luego

porque lo mejor del juego
después de que se termina
es la tristeza del eco
que dejas en mi pupila.

Te vi arder apaciblemente
entre aplausos y sollozos,
entre infomerciales
y ventas de electrodomésticos.
Entre libros de Hesse, y Huidobro.
Entre sirenas
y otros sonidos de la calle
sin tan épico nombre.
Te vi arder como la sombra
de una madre,
y luego perderte
con cualquier hombre.

Se avecina una tormenta
Desde el centro de la tierra
Enroscada cual culebra
Va moviendo las cortezas

Te dirán que es la marea
O también el fin de los días
Pero nunca la tristeza
Que dejaste en mi pupila.

Y el trance, y la vuelta.
Las maldiciones
Y las colillas de las maldiciones.
El vervo errático,
Entreverado,
que admitía haber sido
detenido
al menos 20 veces
en la carretera,
por razones justificadas.
Por desigualdades naturales.
Por insensateces crepusculares.
Por la locura de los más juiciosos.
Por no querer vivir de recuerdos de otros.

Me quema la felicidad.
Incinera mis mitades.
yo quiero volver a la edad
en la que éramos infames

Yo quiero que me espanten
las ganas de estar cuerdo.
Yo quiero que me abraces
sin terminar en tu lecho.

Y me encuentren por la calle
como un profeta mendigo,
exigiendo que se callen
los que no están conmigo


bajo este celeste y sagrado mármol.

jueves, 2 de enero de 2014

Tríptico de preludios.


I
Esa noche crucé la calle
casi azul,
leyendo  en voz alta
para doparme
contra el sonido de la maquinaria.
No me callaré
para que puedas escuchar cosas que sólo quieres ver
y nunca necesitarás.
¿Por qué buscas errores de etiqueta
en figuras inexistentes de cristal?
¿Cómo se ve un espejo que sólo se refleja a sí mismo?
Es el espectro ciego que habita enmarcado
inquieto, sudoroso, a mi lado.
Y yo subo las escaleras nocturnas
del cansancio,
con el moho de las paredes
como único testigo,
giro la perilla con un alarido.
No sé si echarle la culpa
a las bisagras de la puerta
o a las letras que he venido
escupiéndole a la luna.
No dejaré que me hundas,
sin que te ahogues conmigo.

II
Hoy llegaré a acostarme con un sueño
y lo estrangularé por puro erotismo.
Oprimiré su delicado cuello de cisne
hasta clavarme las uñas
en la palma de la mano.
Quiero que te mudes
afuera de mis párpados
y sea inverso el proceso de imaginarte,
como un boceto desnudándose
al compás de una mujer
que desaparece.
Los ecos cotidianos
son el cobijo insomne
de la locura, y la desesperación.
Incluso el demonio
tiene pesadillas.

III
Sabías que querría más de un sorbo
de la candela azabache
que mora en tus ojos.
Sabías que adoraría la estática
que erizó mi piel
cuando esa trompeta
en re menor
acuchilló los acordes
de un melancólico jazz,
que lo gozaba
con el éxtasis que sólo se alcanza
por las sendas del dolor
y la dejadez.
Lo sabías, lo sabías.
No fue conciencia, sino revelación.
La corona celeste de las alturas
volviéndose ámbar
sangró como un perro magullado
hasta que la oscuridad
 acunó el único descanso posible.
Yo seguí siendo parte de todo.
Estaba asustado,
y una voz me dijo:
mira hacia la nada
hasta que el abismo tenga miedo de caer en ti.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Agresivo.





Quería agredir las formas.
Sembrar pólvora bajo cada uña,
bajo cada lengua.
No me bastaron
las geometrías condenatorias,
ni los sentimientos pixelados
de esta generación.

Estaba cansado
de la prédica fluorescente
y la productiva verdad
del alcohol y los detergentes,
de las hermosas mujeres
y las sonrisas más blancas.

No me bastó
perseguir a mi sombra:
Huir del amanecer
y darle la espalda
al ocaso,
ni exorcizarme
de la misma noche
que llevo pegada
al reverso
de mis párpados,
como el alquitrán
de tu piel
en la penumbra.
Como el laberinto
de un cuerpo
donde extravié mis afectos
y sólo encontré dudas.

No me digas
que son fronteras.
No me digas
que la marea
cinceló tus muros,
para proteger con sangre
algunas riquezas.
Nunca encontraré
otro pasado,
otra historia,
otra versión de mí
fuera del movimiento
pendular
de tus caderas
que se mecen
entre la gloria
y la miseria,
Venezuela.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Ciudad de subida.


¿A quién se le ocurrió
esta ciudad de subida?
¿Quién la coronó
con una plaza enjoyada
de niños, y bicicletas,
de borrachos
con almohadas
de cuneta?
¿Quién levantó
una iglesia
confundiendo la fe,
con la melancolía?

Cuando llueve,
sus calles
son un colérico cause
coloreado de óxido,
como la sangre
de un gigante
de arcilla.

¿A quién se le ocurrió
La Asunción?
¿A quién se le ocurrió
Esta ciudad de subida?

jueves, 26 de septiembre de 2013

Laberinto



Cuando cierro los ojos
veo un laberinto,
con paredes de piedra
y flores que cuelgan
de enredaderas.
Alguien me dijo
que en la salida
hay un castillo
¿Pero cómo 
hago yo
si me gusta
estar perdido?

lunes, 19 de agosto de 2013

No sólo, sino.


No sólo
en el espanto
oscuro
de las esquinas,

sino
en las comisuras
de tu sonrisa.

No sólo
en el abandono
de una maleta
vacía,

sino
en el pan
de cada día.

No sólo
sobre el polvo
que cosechas
desde niña,

sino
en la ebriedad
más efusiva.

No sólo
en los bosques
tropicales
de la amazonia,

sino
en esta absurda
vida de memoria.

Telarañas.

jueves, 13 de junio de 2013

Desencajado.


Me besó,
y yo la dejé
besarme.

Fue un beso
desencajado.

La besé,
y ella se dejó
besar.

Siguió
sin encajar.

No sé cuál
de los dos
era la pieza
equivocada.

jueves, 23 de mayo de 2013

El perro del hombre.




¿Por qué no aúlla
el perro del hombre?
Porque el lobo huyó
del bosque.
¿Por qué comen
de tu mano?
Porque se olvidaron
de los colmillos.
¿Por qué se han
Transformado?
Porque el amo
lo ha querido.
¿Por qué llevan
correa?
Porque está
Justificado.
¿Por qué?
¿Por qué?
Porque alguien
le dijo
que era mejor
estar seguro
a ser libre.

lunes, 13 de mayo de 2013

Todos los días.


Todos los días
olvido.

Recuerdo
y
olvido.

Cada vez que sonrío
y te llevo
en el cuerpo
como un escalofrío,
olvido.

Cuando miro
el borroso reflejo,
el dolor vidrioso
desde el fondo de mis ojos,
recuerdo.

Olvido
y
recuerdo.

Todos los días
recuerdo.

jueves, 2 de mayo de 2013

Llamando a la lluvia con humo.


Parecía que iba a llover
y yo guardaba esa promesa entre mis sábanas.
Pero el aire disolvió las nubes en su esencia
para hacer de este claroscuro una forma vana.

Hastiado de la plenitud
Jugué con el humo
que quimérico me mecía
en un vaivén aromático y de esplendor,

pudiendo realizar el cielo turbio
que algún barroco hubiese esbozado
sobre el labio  limosnero de esta ciudad
cualquier día lluvioso.

Pues nunca conocí
un diluvio bajo el puente,
ni la furia del arrabal caudaloso
girando en mis pupilas.

Así pude regresar al féretro de la sílaba
repetida sobre un calcado rezo,
feliz de pensar cruelmente
que hoy no salió el sol y estoy ileso.

viernes, 21 de diciembre de 2012

La quemadura de Jimena.

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I
Me quemó con un cigarrillo mientras nos besábamos.
II
En aquél entonces yo llevaba un mullet tan exageradamente largo como descuidado y unos lentes marrones de pasta algo pasados de moda por no ser vintage, irónicamente. Santiago y yo solíamos dar una vuelta para sacarle dos antes de aterrizar en algún toque meticulosamente escogido. Esa noche tocaba Autopista Sur en Discovery, en El Rosal. Acababa de terminar de llover y el pavimento reflejaba claramente las farolas de luz amarilla que coloreaban la oscuridad de verde y morado. Los ángulos rectos finamente pulidos y las demás figuras geométricas de las que se jactaban esas grandes torres de aquella zona financiera de Caracas, destilaban el abandono de una oficina vacía, y en sus formas crecía una ciudad cubista, violácea e impúdica. Para nosotros la fantasmagoría picassiana.
 Lo primero que hicimos al bajar del carro fue prender una panga y fumarla dando una caminata errática, cada quien por su lado, frente al bar. Cuando los cigarrillos se consumieron fuimos a pagar el cover. En ese momento la chica de la entrada puso un sello en mi muñeca y me sonrío. Por alguna razón su desconsoladora sonrisa me pareció un buen augurio y di el primer paso en la cálida atmosfera de Discovery. Sendos afiches de Hendrix y Morrison colgaban de las paredes y bajo ellos una luz de neón los santificaba tomando la forma de una especie de aureola invertida.
Conforme llegaban distintos fulanos y fulanas el calor iba aumentando. La cerveza lo mitigaba acrecentando mi sed en una espiral que generalmente me dirigía a la borrachera. Fue entonces cuando la vi apoyada del respaldar de una silla hablando con una amiga y su novio. Era de esas trigueñas pálidas que uno encuentra en la capital, bastante delgada, casi sin maquillaje a no ser por el rojo carmín de sus labios. Con unos jeans de color verde y una blusa mal recortada y doblemente evocadora: por el rostro impreso de Ilich Ramírez y porque desde el ángulo adecuado te dejaba echarle un vistazo a su braseare. Me acerqué y los saludé, seguro de que algún convencionalismo social les obligaría a presentármela. Le decían Maru.
Inmediatamente me di cuenta que era de esas postmodernas-pseudointelectuales. Yo empecé a hablarle de la santísima trinidad, es decir: literatura, cine y música. La cosa comenzó con poesía pero nos truncamos en Rubén Darío. A ella le gustaba y yo aseveré que era basura. Seguimos hablando de cine hasta que dijo que Ingmar Bergman era muy lento y que Woody Allen era un pedófilo. Pensé en las semejanzas entre “Gritos y susurros” y “Septiembre”, respiré profundo y me fijé en sus caderas levemente enverdecidas, perfectamente contorneadas. Seguí hacia la música, si estaba en ese toque era porque tenía buenos gustos musicales. No sé cómo nos pusimos a hablar de los principios del rock and roll venezolano, donde es preciso  mencionar a Los 007, Los Darts y Los Impala. Hizo un silencio, titubeando, dijo que no sabía nada de esos grupos, y riéndose me preguntó “¿Tú cuántos años tendrás?” Prácticamente aduciendo a que yo era mayor que ella. Cuando le dije que tenía 19 años, sonrió y dijo que ella tenía 23. No tardó mucho en separarse de mí, y yo quedé como un idiota-sábelo-todo.
III
Sin rumbo en el bar fui a buscar un ancla y así pagué mi séptima cerveza cuando se montó la banda. Comenzaron con la potencia de “Dulce Luisa” y encendí otro cigarrillo.
“(…) Dulce Luisa que caminas, rompedor de corazones,
flores blancas por el día, terciopelo por la noche (…)”
Dentro del pub aquellos que no habían empezado a bailar el “bum ba ba bum, ba bum ba bum” o por lo menos a contonearse, miraban a la banda como eclipsados por sus palabras y armonía. Apenas alcancé a ver a Santiago me acerqué. Él se había alejado del bululú, como era su costumbre, a una distancia prudente de la banda, buscando el equilibro perfecto para escuchar el espectáculo de la forma más coherente. Ni muy pegado de la derecha, ni muy cerca de la izquierda y alejado de los gritos. Santiago erguía su dedo índice, haciendo las veces de baqueta, y tocaba un platillo imaginario en los momentos cumbres de la melodía. Yo, con una cerveza y un cigarrillo que imaginaba como un catalejo y un candil, empecé a ver alrededor.
“(…) Y que hago yo si prefiere la Estatua de la Libertad
a María Lionza partida por la mitad (…)”
Comencé a ver a la gente cantando con todo el cuerpo. Como arrastrado por un efecto dominó yo también sentí esa boyante felicidad. Ese animalito que te entra por las venas y camina hasta las puertas de tu sonrisa con un paso parecido al palpitar. Entonces la gente te mira con la complicidad y la displicencia de un dealer que se ha vuelto pana.  Luego  crees que algo oscuro te escudriña desde aquellas esquinas de Discovery que parecen nunca haber pasado por la escoba. Algo que ya conoces. Esa paranoia que te obliga a no sacar el cel en ciertos lugares, a quitarte el reloj, a tomar un taxi de línea o a no pasar por ahí, ahora te exige disimular el contento como el que esconde una piedra preciosa de las miradas ajenas, temeroso de que alguien lo despoje de ella. La paranoia ¿La paranoia? La pálida. Así empezó “El mundo al revés”.
“(…) Mi amor, no pienses que la noche
puede pintarse de un color (…)”
Me vi forzado a alejarme para salir del hueco. Aunque quizá no tuviera nada que ver, quizá el tumulto típico de la gente es el que te obliga finalmente a desistir del mejor sitio para ver y te lleva a la parte de atrás, donde al final puedes escuchar mejor porque no hay nadie cantando en tu oído. El público era una marea y yo un naufrago que se dejaba llevar. En medio de la inmersión reconocí a la postmoderna-pseudointelectual abrazada del novio de mi amiga. No sé por qué pensé en Ulises y en las Sirenas, pero sí sé por qué desde ese día no me gustan Los 007, Los Darts y Los Impala.
“(…) No quiero muñecas de Reverón,
no quiero más días tristes,
no, por favor (…)”
No era extraño sentirme así, siempre he tenido la misma afección por la estética. Hay algo en ella que me transforma en un idiota, que me hace quemar el cable. No creo sea justo catalogarme de superficial, pero considero que la belleza es superior a la inteligencia porque no necesita ser explicada. La belleza es tan innegable como el calor del sol. Pero era de noche yo estaba muy cerca de la entrada (que a los efectos también fungía de salida) y tentado a irme. Me estaba ahogando.
Mi noche habría terminado como cualquier otra de no haber visto a esta otra chica caminando en mi dirección, alejándose del gentío muy lentamente con un aire distraído y burlón. Tenía la mirada fija en la nada, no perdida, sino observando algo que sólo ella podía percibir y apreciar. Recostó su cuerpo como una pluma contra el concreto, apoyó el pie contra la pared y encendió un bullet, arrastrando la niebla a su boca. Parecía una joya cosida a una estopa, o una de esas garzas blancas y soberbias que a veces se encuentran en El Guaire, al lado de los zamuros.  Todo en ella era un acto de rebeldía, y yo parecía un perro hipnotizado por las luces de un carro. No podía dejar de mirarla aun a sabiendas de que me arrollaría.
“(…) La temperatura de nuevo subió,
aquí no hay un invierno que engañe al sol (…)”
La banda había comenzado a tocar “Caracas se quema” y mi mirada se deslizaba por todo el local como la sombra de un avión buscando dónde aterrizar de emergencia, pero que finalmente se estrellaba en ella. De vez en cuando me precipitaba sobre sus negros y ensortijados rizos, que reflejaban todos los destellos de la aurora. Otras veces me embrujaba la candela azabache que le brillaba en los ojos y asustado me desviaba a sus delgados labios. En otro momento di vueltas por sus delicadas curvas estampadas en parte por un vestido de diminutas cayenas y por una piel concha nácar. Siempre como un kamikaze del reojo, o como un vulgar buzo.
Cuando se volvió a llevar el bullet a la boca, palpó repetidas veces sus bolsillos con cara de decepción. Supe que era mi oportunidad. Me aproximé sin mediar palabra, le di rosca al yesquero y le acerqué suavemente la llama.
- A lo Mónica Belucci- Dije y ella sonrió.
- Sólo faltan diez tipos más ofreciéndome fuego, pintarme el cabello de rojo, y ser prostituta, porque ya de resto soy igualita a Malena- Dijo mientras soltaba el humo al hablar.
- ¿Y qué más fuego quieres? ¿No has escuchado la letra de esta canción?- Respondí satisfecho.
- Me llamo Jimena- Dijo.
“(…) Algunos dicen ver las llamas al bailar
 y es que Caracas sí que se quema de verdad (…)”
IV
De vez en cuando la luz entra a mi habitación lentamente, y paso a paso va destiñendo la oscuridad a un ritmo plausible. Otras veces el fulgor entra sin preguntar, sin previa negociación, de la forma más grosera, como un chorro de tinta china en un vaso de agua. Cuando desperté y me fije en la claridad que se colaba desde la cortina, sentí cómo la luz irrumpía a través de mi pupila y anidaba en un dolor que me crecía detrás de los ojos: el ratón. Pensé en seguir durmiendo pero siempre me ha desagradado el sabor de mi propia boca en la mañana, de modo que me dirigí al baño. Las primeras horas luego de  despertar (con resaca) son una especie de jardín verde de la inocencia. No haces esfuerzo alguno por recordar, no estás pensando. Pero al momento un detalle se filtra como un espectro que nos lleva a su cadáver, al hecho, a lo cometido. En este caso fue una pequeña herida circular en mi muñeca rodeada de bellos chamuscados lo que me hizo mirar atrás.
Me ardía. Intenté limpiar la pequeña herida pero me seguía quemando. Salí del baño, me senté en la cama, y encendí una panga. Lo curioso es que no podía evitar presionarla porque de alguna manera me llevaba a pensar en Jimena. La primera imagen que me llegó a la cabeza fue de dos jóvenes quesúos, cayéndose a latas de la forma más repulsiva y sexual, con arrechera. Cuando estás ebrio no hay otra forma de besar a una persona que acabas de conocer en un bar. Por más que intentaba imaginarme una cosa distinta, lucía como un animal apareándose con la boca. Pero tampoco estaba tan mal, una vez has leído suficiente Nietzsche en tu adolescencia aprendes a aceptar ciertas instancias de tu humanidad asimilando pasiones de la manera más evolucionista. De ahí venimos y por eso nos comportamos así.
V
Desde el estacionamiento detrás del Teatro de la Universidad Católica Andrés Bello, el Edificio de Módulos parecía parte de una estructura construida por alienígenas y abandonada en otros tiempos. Para ser preciso durante la época de los hombres-abeja. Dentro de unos cuantos miles de años cuando los seres humanos redescubran las ruinas de los módulos, les parecerán tan incomprensibles como Stonehedge, las pirámides, o Maccu Piccu, y pensarán que son producto de una civilización extraterrestre. Miles de geeks peregrinarán a lo que otrora fue Montalbán para abrazar las paredes, sentir energías, tener orgasmos tántricos, y fundar religiones new-new-age que hablarán sobre el regreso del planeta de los hombres-abeja cada ciclo-solar-espacial-universal deducido de un antiguo calendario que en realidad era un poster con las fechas de las últimas presentaciones de Ilan Chester. Pero Santiago se había estacionado ahí luego de que compramos caña y dimos el giro esperando a que bajara la cola.
- Marico, la jeva me quemó. Pilla la vaina.- dije, y le mostré la herida.
- Virga ¿Estás seguro que no fue un tipo? – Dijo Santiago, mientras abría el envase de sangría.
- Mamahuevo. No te caigo a mojones. Estaba tan peo que no me di cuenta. Lo peor es que ni me la donó- Le arrebaté la sangría y bebí un trago largo.
- Coño, da gracias que no te la cogiste. Ahora serías un cenicero – Dijo sin apartar la vista el envase de Don Julián, esperando el momento para recobrarlo.
- Y estaba muy chévere, pero en el trance ni le pedí su número… – Murmuré dejando la sangría sobre el capó del carro.
- Yo te vi dando vueltas, como siempre, pero no me la pillé- Él caminaba lentamente hacia el capó.
- Es rarísimo, le he preguntado a todos los conocidos que estuvieron esa noche y nadie me vio con ella- Encendí una panga y empecé la caminata errática.
- De repente te agarraste a un tipo- Por fin tenía el pote en la mano pero cuando estaba a punto de llevárselo a la boca se le resbaló y cayó al piso.
- Mamahuevo- Dije.
-Coño e’ la madre…- Gruñó Santiago.
VI
La busqué en Discovery, en Sake Bar, en El Patio, en Greenwich, en Barrabar, y en Hog Heaven. Durante meses pensé haberla visto en la calle, caminando de noche por Plaza Altamira con el mismo aire distraído y burlón, o metida en ese vagón de Plaza Venezuela que salió demasiado pronto.  Gradualmente su rostro se fue diseminando hasta convertirse en un Monet visto de cerca: una serie de manchas, colores y puntos irreconciliables, pero al mismo tiempo presentes en la multitud. Lo único que seguía en su lugar era la quemadura personificando un testigo irascible de pura cicatriz. Una memoria de piel en constante disputa con la lógica del olvido.
No la encontré.